Ayer desde hacía ya mucho tiempo tuve ganas de llorar, pero no pude permitírmelo porque estaba rodeada de gente. Tuve que tragarme cada una de las lágrimas que peleaban por salir. Pienso que en este estúpido momento en el que quiero llorar y no puedo es cuando empiezo a comer sin poder parar. Hasta estar a punto de estallar.
Ayer vi cómo Gaizka se alejaba de mí y se perdía entre aquel gentío que invadía las calles. Lo perdí de vista, desapareció. Por mi culpa, obviamente. Soy una imbécil. Siempre hago que la gente se sienta mal. Tal vez por eso sea que no quiera tener a nadie cerca. Y cuando eso ocurre siempre llego a la misma conclusión: "Déjalo ir, vuelve a la soledad de tu habitación. Aquel es tu lugar, siempre lo ha sido." Y pienso que definitivamente todo se ha terminado. Que jamás tengo que volver a caer en el error de conocer a alguien más de lo debido. Intercambiar demasiadas palabras (para mí, aunque otros digan que apenas hablo). Es inútil tratar de mantener cualquier tipo de relación, siempre fracasan. Siempre fracaso.
Pero él, como siempre, vuelve. Y yo, gilipollas, no tengo lo que hay que tener para decirle adiós para siempre. De algún modo, lo necesito. Lo quiero a mi lado. Y realmente creo que aunque suene absurdo cada vez que pienso en ello, si me fuera de su lado le haría daño. En verdad lo pienso; y no debería ser así. Y siento que comienzo a quererlo. Hasta el punto en el que si algún día me faltara sería capaz de hacer cualquiero locura. ¡Ja! Locura...Una vez escuché a un señor que decía lo siguiente: Que el cerebro estaba dividido en cajas y que en cada caja se guardaban las cosas ordenadamente (La caja del fútbol, la caja de la cerveza, la caja del trabajo, la caja del sexo...). Y hacía diferencia de cómo están organizadas esas cajas en hombres y en mujeres, lo cual no viene a cuento y no me apetece explicar. Y porque no sabría explicarlo de aquella forma tan graciosa como en la que él lo contaba.
La caja más grande que yo tengo es la caja del olvido. Creo que ya no hay sitio para nadie más. Ahí guardo personas que fueron un simple capricho pero que su recuerdo terminó haciéndome daño y personas que aun en algunas noches su nombre sale de esa cajita para llegar a mi memoria, para traer recuerdos y simplemente para seguir dañándome.
Y últimamente había metido a una persona más en esa cajita, una persona a la que tuve mucho aprecio. Pero no me decidía a echar la llave. Después de casi un año sin que diera señales de vida después de escribirle yo, me parecían razones suficientes para meterla en la cajita del olvido. Porque los recuerdos duelen. La espera termina apuñalando la esperanza que cada vez se va debilitando más. Hasta que esa puñalada la mata y se decide echar la llave a la cajita del olvido. Y después de todo este tiempo justamente hoy, cuando andaba pensando en ella, recibo unas palabras: Cómo le iba, qué tal estaba yo y que le contara cómo me iba a mí. Así de sencillo. Después de todo este tiempo decide volver cuando yo decido meterla en la cajita del olvido.
Aun no he clasificado el sentimiento que me ha causado ver sus letras en la pantalla. No sé si es bueno o no. Si me puso contenta saber de ella o no. Lo que sí me ha quedado claro es que no tuve esas ganas locas de hablarle, de responderle seguido, de comenzar a escribir un eterno mail contándole todo. Porque eso era ella: alguien con la que hablaba de todo, sin esconderme. Definitivamente, no me dieron ganas.
El tiempo y la ausencia llaman al olvido. Porque de un día para otro desaparece y después de casi un año pretende volver. Como si ese año no hubiera pasado.
Y eso termina dañando. Mucho.

Hubo momentos en los que la necesité. Y ya se había marchado.








